La demanda de energía está creciendo como nunca: la IA, los centros de datos, la minería de litio, la fabricación de chips… la nueva industria del siglo XXI consume electricidad a un ritmo imparable. En 2023, los centros de datos globales consumieron 7.4 GW (+55% interanual), y se proyecta que se dupliquen para 2030.
Pero el problema no es solo la cantidad. Es el modelo.
Las redes eléctricas centralizadas del siglo XX no están preparadas. Apagones en España, racionamiento en Venezuela, estrés hídrico en México… la señal es clara: el modelo centralizado ya no sirve.
La solución ya existe: Pequeños Medios de Generación Distribuida (PMGD). Chile lo ha demostrado: los PMGD ya representan casi el 10% de su generación eléctrica y el nuevo Decreto N°1/2026 habilita el almacenamiento con baterías. El caso chileno demuestra que la descentralización no solo es posible, sino rentable.
Mientras tanto, México está reabriendo su sector energético a la inversión privada, buscando atraer 18.000 millones de dólares.
Pero la gran oportunidad está en Venezuela. LOS RENOVABLES REPRESENTAN HOY TAN SOLO EL 0,5% DE LA OFERTA ENERGÉTICA GLOBAL EN VENEZUELA. Es un campo casi virgen. Pero su nueva legislación —eléctrica, hidrocarburos, minería— está abriendo la puerta a la inversión privada después de décadas de monopolio estatal. El Arco Minero del Orinoco, con recursos valorados en dos billones de dólares, convierte a Venezuela en el eslabón que cierra el círculo de la transición energética en la región.
China, Rusia, Estados Unidos y la UE ya están moviendo ficha. Pero hay un país que juega con ventaja: España. Empresas como repsol , Iberdrola México , Elecnor do Brasil y Tecnicas Reunidas llevan décadas operando en el sector energético venezolano. Sus profesionales han acumulado un conocimiento profundo de la realidad del país. Y por encima de todo, está el idioma y la cultura compartidos: siglos de historia común que convierten a España en el socio natural de América Latina. Cuando España habla de invertir en Venezuela, no llega como un extraño; llega como un socio que ya conoce el terreno, las reglas y los actores.
La pregunta no es si habrá inversión, sino quién sabrá leer el momento y construir puentes duraderos.
¿Crees que España está aprovechando su ventaja cultural y empresarial en América Latina, o estamos perdiendo el tren frente a China y EE.UU.? América Latina en el centro del tablero: por qué los renovables ya no son una opción, sino una necesidad
I. La tormenta perfecta: demanda energética imparable
En los últimos tres años, la demanda de energía ha crecido más que en cualquier otro periodo de la historia moderna. No es solo por el crecimiento poblacional o económico. Es porque la nueva industria del siglo XXI —microchips, baterías, drones, vehículos eléctricos— consume energía como nunca antes. Y la inteligencia artificial, el gran elefante en la habitación, supera con creces a todas ellas.
A nivel global, los centros de datos consumieron 7.4 GW de energía en 2023 (un 55% más que el año anterior), lo que representó aproximadamente 415 TWh, cerca del 1.5% del consumo eléctrico global. Se proyecta que esta cifra se duplique para 2030. En América Latina, la región alberga unos 455 centros de datos relacionados con IA que en 2023 consumieron cerca del 1.6% del total de electricidad de la región. Se estima que para 2035, la IA demandará el 5% de toda la electricidad de América Latina y el Caribe, equivalente a unos 120 TWh .
Para poner estas cifras en perspectiva: el consumo anual estimado de los 455 centros de datos de IA en Latinoamérica es similar al consumo eléctrico total de todo Venezuela durante un año (63,351 GWh). Un solo centro de datos de «hiperescala» (de 50 a 300 MW) puede consumir tanta energía como una ciudad de 100,000 habitantes. En Caracas, que consume aproximadamente 1,000 MW en horas pico, un solo centro de datos de hiperescala podría representar entre el 5% y el 30% de ese consumo máximo. La nueva industria no solo necesita minerales críticos; necesita energía, mucha energía, para transformarlos en productos acabados.
II. El problema que nadie quiere ver: la red no da abasto
Las redes eléctricas, diseñadas para el siglo XX, no están preparadas para esta demanda exponencial. El resultado son apagones, racionamientos y conflictos entre el consumo industrial y el doméstico.
· En España, el apagón analógico de 2025 mostró la fragilidad de un sistema centralizado.
· En Ucrania, la guerra ha demostrado que la descentralización no es una opción, es una necesidad para la seguridad energética.
· En Venezuela, la nueva ley eléctrica exige a las petroleras generar su propia energía para no sobrecargar la red nacional.
El caso de Venezuela es especialmente relevante. La demanda eléctrica del país superó en mayo los 15,000 MW, mientras el sistema enfrenta un déficit de generación que ronda los 2,000 MW —equivalente al consumo de toda la Gran Caracas— y las pérdidas del sistema alcanzan el 40% de la energía generada. En ese escenario, la Asamblea Nacional aprobó la reforma de la Ley Orgánica del Sistema y Servicio Eléctrico, que abre la puerta a la participación privada y mixta en generación, transmisión, distribución y comercialización. La nueva regulación de hidrocarburos exige que las empresas petroleras internacionales que desarrollen proyectos en Venezuela traigan o instalen sus propias centrales eléctricas para operar sin depender de una red con apagones frecuentes.
La lección es clara: el modelo centralizado del siglo XX ya no sirve.
III. La solución: PMGD, descentralización y autosuficiencia
Los Pequeños Medios de Generación Distribuida (PMGD) son la respuesta. Chile ha demostrado que funcionan: los PMGD ya representan casi el 10% de la generación eléctrica chilena. En marzo de 2026, los PMGD inyectaron 706 GWh al Sistema Eléctrico Nacional, con un crecimiento interanual del 14.4%. Según Energía Estratégica Centroamérica, México y el Caribe La generación combinada de PMGD y PMG alcanzó el 12.6% de la generación total del sistema en marzo. La capacidad instalada de PMGD alcanza los 3,523 MW en todo el país. El Decreto N°1/2026, publicado en junio de 2026, habilita formalmente el almacenamiento con baterías en proyectos de hasta 9 MW.
El caso de Chile es el ejemplo de que la descentralización no solo es posible, sino rentable. Y la nueva exigencia de Venezuela a las petroleras —que se autoabastezcan de energía para operar— es la misma lógica aplicada a gran escala. Si se exige a las petroleras que generen su propia energía, ¿por qué no a los centros de datos? ¿Por qué no a las minas de litio? ¿Por qué no a las fábricas de chips?
El que gasta demasiado, paga sus excesos.
IV. América Latina: el nuevo centro del tablero
América Latina está en el centro de esta transformación. No solo por sus recursos —litio, cobre, tierras raras— sino porque está reescribiendo sus reglas para atraer inversión y posicionarse como un actor clave en el siglo XXI.
· Chile: el «laboratorio de políticas energéticas» con los PMGD como modelo, donde las renovables ya representan el 63.3% de la generación eléctrica y el país se consolida como un polo digital estratégico. La Tercera ™
· México: la reapertura a la inversión privada con 20 proyectos renovables aprobados (15 solares y 5 eólicos), buscando atraer 18,000 millones de dólares en inversión y añadir 32 GW de capacidad. Real Instituto Elcano
· Venezuela: la triple apertura (eléctrica, hidrocarburos, minería) que está reconfigurando el país, con una reforma legal que, por primera vez, abre el sector a la inversión privada. CNN
La UE ya ha invertido más de 56,000 millones de dólares en América Latina a través de Global Gateway. El Banco Europeo de Inversiones ha aprobado un gran paquete para la región. El interés de China y Rusia es evidente. América Latina será el escenario de la próxima década de crecimiento.
V. China: la gran estratega
China está a la cabeza de esta carrera. Se ha asegurado minerales críticos en África, está ampliando su presencia en América Latina y mantiene su dominio en el procesamiento de tierras raras y la fabricación de chips. Controla el 70% del refinado mundial de minerales críticos y ha invertido 14,000 millones de dólares al año desde 2022 para asegurar su dominio.
Su maquinaria es una red global de recursos, deuda y tecnología que se autoalimenta. China, como la gran estratega, nada se le escapa: está en todas las grandes mesas y tiene excelentes conexiones entre todos ellos. Si poseen minería y deuda extranjera, la auto-dependencia es natural y fluida si se teje a bien, y en vez de desventaja se convierte en ventaja de oportunidad.
VI. El agua: la próxima frontera (y una advertencia)
Y junto a la energía, el agua emerge como el otro recurso imprescindible en la estrategia de cualquier región, país o centro de datos. El impacto de los centros de datos va más allá de la electricidad. En Querétaro, México, la expansión de data centers ocurre en una zona con grave estrés hídrico, donde algunos residentes solo tienen agua cada tres días. En Querétaro operan una docena de centros de datos, con planes para establecer al menos 10 más. Es el segundo estado con mayor estrés hídrico en todo México, y el 60% del agua que consumen proviene de acuíferos.
Este es el primer aviso de una competencia que se intensificará: entre las máquinas (centros de datos para las IAs) y la población local, que ya sufre escasez. La solución, una vez más, apunta hacia la descentralización y la economía circular: sistemas de refrigeración que utilicen agua residual y la devuelvan al circuito, evitando el consumo neto de agua dulce. De este tema, crucial y urgente, hablaremos en la próxima entrega.
En la economía y la política del siglo XXI todo está conectado: minerales, energía, chips, agua y redes de distribución. Las necesidades entre países, regiones y continentes son mutuas. Las soluciones aisladas no funcionan. La única solución ganadora es crear redes seguras y sinergias entre todos los actores. América Latina tiene los recursos, la voluntad política y ahora las reglas claras.
Y en esa red, hay un país que concentra todas las miradas: Venezuela.
VII. Venezuela: el gigante dormido que se esta despertando (y el eslabón que cierra el círculo)
Chile es el pionero, el laboratorio que ha demostrado que los PMGD y la descentralización funcionan. México es el gigante del nearshoring, con una demanda energética imparable y una reapertura a la inversión privada que ya está dando frutos. Pero Venezuela es el eslabón que cierra el círculo de esta historia: el país con el mayor margen de crecimiento, el que más inversión extranjera puede absorber y el que está en el centro del tablero geopolítico desde la captura de Maduro.
Venezuela representa hoy apenas el 0.5% de la oferta energética global en renovables. Es un campo prácticamente virgen. Pero su potencial es inmenso: el Arco Minero del Orinoco alberga reservas de hierro, bauxita, níquel, oro, coltán, cobre y tierras raras valoradas en dos billones de dólares. Estimaciones recientes sugieren que posee entre el 10% y el 23% de las reservas mundiales de varios minerales estratégicos. Y ahora, después de décadas de monopolios estatales, la nueva legislación está abriendo el sector a la inversión privada con reglas claras.
La nueva Ley Orgánica del Sistema y Servicio Eléctrico y la reforma de la Ley de Hidrocarburos, impulsadas por la presidenta encargada Delcy Rodríguez, están reescribiendo las reglas del juego. Exigen a las petroleras autoabastecerse de energía, lo que crea una demanda inmediata de soluciones renovables. La nueva Ley de Minas abre el sector a la inversión privada y extranjera, con concesiones de hasta 30 años, prorrogables hasta un máximo de 50, y arbitraje independiente.
Las oportunidades para Venezuela son inmensas, y no es casualidad que esté atrayendo el interés de actores globales. La Unión Europea, a través de Global Gateway, ya ha movilizado más de 45.000 millones de euros para la región. China, que mantiene una inversión acumulada de más de 70.000 millones de dólares en Latinoamérica, busca seguir asegurando su suministro de recursos. Rusia también está presente, especialmente a través de su gigante nuclear Rosatom, con la mira puesta en proyectos estratégicos de energía. Y Estados Unidos, el detonante de este nuevo escenario, no se ha quedado atrás: bajo la administración Trump, la OFAC ha emitido licencias para facilitar el comercio de minerales, y ya se han firmado acuerdos con firmas como Heeney Capital (asociada al grupo suizo Mercuria) y Augusta Capital, que planean invertir cientos de millones de dólares en el sector minero venezolano. No es solo geopolítica: es una carrera por asegurar los recursos del futuro.
El caso de Chile demuestra que el modelo de los PMGD funciona. Venezuela tiene la oportunidad de saltarse décadas de errores y adoptar directamente las mejores prácticas: descentralización, almacenamiento con baterías, y un marco regulatorio que incentive la inversión privada. No tiene que empezar de cero; puede aprender de los pioneros y hacerlo bien desde el principio.
Venezuela tiene, literalmente, un billón de dólares en minerales bajo sus pies y un potencial renovable que apenas comienza a explorarse. La pregunta ya no es si se van a extraer esos recursos, sino quién va a hacerlo, en qué condiciones, y qué país va a beneficiarse de su procesamiento y comercialización. Y la respuesta, cada vez más, apunta a que los actores que sepan leer el momento —y que tengan la capacidad de tender puentes entre Europa, América Latina y el resto del mundo— serán los que ocupen el nuevo tablero.
Conclusiones
América Latina se está posicionando en el centro de la transformación energética e industrial del siglo XXI. Chile, con su liderazgo en renovables y su modelo de PMGD, es el laboratorio que marca el camino. México, con su capacidad de atraer inversión y su papel en el nearshoring, es el gigante que está despertando. Y Venezuela, con su potencial casi virgen y sus recursos minerales valorados en billones de dólares, es el eslabón que cierra el círculo: el país con más margen de crecimiento y el que más inversión extranjera puede absorber.
Los grandes actores globales —China, Rusia, Estados Unidos y la Unión Europea— ya están moviendo ficha, cada uno con su propia estrategia y su propio estilo. Y entre ellos hay un país que juega con ventaja, y este es España.
Su ventaja no es solo institucional. Es también humana y cultural. Durante décadas, empresas españolas han sido socios estratégicos en el sector energético venezolano. Repsol, el principal actor español en el país, participa en yacimientos de gas y en empresas mixtas con PDVSA desde 1993. Iberdrola y Elecnor han construido infraestructuras energéticas clave, como la central de ciclo combinado en el estado de Sucre. Y junto a ellas, ingenierías como Técnicas Reunidas han aportado su conocimiento técnico en grandes proyectos. Sus equipos de profesionales, desde ingenieros hasta altos directivos como el CEO de Repsol, Josu Jon Imaz, han acumulado un conocimiento profundo de la realidad venezolana.
Esa experiencia compartida es un activo intangible que ninguna otra potencia puede replicar. Y por encima de todo, está el idioma y la cultura que compartimos: siglos de historia común que convierten a España en el socio natural de América Latina. Cuando España habla de invertir en Venezuela, no llega como un extraño; llega como un socio que ya conoce el terreno, las reglas, los actores —y que habla el mismo idioma, en todos los sentidos.
Y, como confirmación final de este despertar, el escenario geopolítico que rodea a Venezuela también está cambiando. La reincorporación del país al MERCOSUR es ya un proceso abierto. Brasil y Paraguay impulsan el debate para que se levante la suspensión vigente desde 2017, y el Parlasur discutirá su reingreso pleno en junio de 2026. No será automático —requiere el consenso de todos los miembros y aún hay voces críticas, como la de Argentina— pero la dirección es clara.
El acuerdo UE-MERCOSUR, que entrará en vigor el 1 de mayo, añade una capa adicional de oportunidad para una Venezuela que aspira a recuperar su lugar en la región. La integración regional, antes bloqueada, ahora se presenta como una de las grandes bazas del nuevo escenario.
Así que la pregunta no es solo quién llegará primero, sino quién lo hará mejor. ¿Habrá un ganador claro que se lleve el botín, o el reparto será más equitativo, favoreciendo aquellas propuestas que aseguren un retorno de inversión en el origen de las extracciones, que mejoren el nivel de vida de las comunidades locales y que protejan la demanda energética y hídrica de la población?
América Latina está viviendo su gran momento. Y solo los más astutos —los que sepan leer el tablero, tender puentes y construir redes— tendrán la oportunidad de aprovechar esta ola de crecimiento. Porque el crecimiento será en red o no será.
Oksana Murcia Kyslytska
Independent Geopolitical Thinker | Energy Transition | Industrial Strategy | Global Trade & Power Transitions